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viernes, 22 de junio de 2012

Historia de la Semana Santa de Granada



La Semana Santa granadina, al igual que el resto de manifestaciones cofrades andaluzas, está cargada de un hondo sentimiento y pureza que nada tiene que envidiar a otras más conocidas como puede ser la Semana Santa de Sevilla.

Las fiestas en Granada tienen un sabor especial, como fondo disfrutan de la Alhambra, que rememora los tiempos de la reconquista cuando comenzaron a promoverse los valores religiosos tras la expulsión de los musulmanes.

Las características primordiales son idénticas a las de otras ciudades, puesto que todas parten de una misma tradición, pero con el tiempo han desarrollado su propia identidad que las hace diferentes de las del resto de Andalucía. A estos festejos se añade la presencia de La Alhambra que actúa como marco incomparable de las celebraciones.

La historia de la Semana Santa se remonta a los tiempos de la reconquista, cuando tras la expulsión de los musulmanes llevada a termino por los Reyes Católicos, la Iglesia puso todo su empeño en promocionar los valores y tradiciones cristianos después de siglos de influencia árabe. En Granada podemos ver la mezcla de estos dos mundos sobre todo en estas fechas, con las celebraciones religiosas a través de toda la herencia árabe que posee la ciudad y que la caracterizan.Todo este carácter histórico cobra una nueva dimensión en esta ciudad.

El uso de imágenes religiosas que ilustraban la pasión de Cristo "Los Pasos" servían para educar en la fe a las masas analfabetas.

Actualmente cada una de las imágenes que se transportan en los pasos, tienen su propia historia y tradición, y por lo general suelen ser piezas de enorme valor artístico y de varios siglos de antigüedad, ornamentadas con lujo y talladas en madera por conocidos escultores. No en vano la mejor escultura de imaginería se hace en Andalucía, ya que es aquí donde se tiene una tradición más larga y rica en este aspecto.

En la Semana Santa granadina, al igual que en el resto de España, las imágenes son transportadas por los costaleros, los nazarenos la siguen encapuchados, junto con los penitentes que transportan cruces a sus hombros y las mujeres llevan vestidos negros, junto con cruces o velas.

El resurgir moderno de nuestra Semana Mayor tiene dos causas inmediatas muy determinadas en el primer cuarto del siglo XX: el interés demostrado por los arzobispos Meseguer y Casanova en la fundación y vigorización de las hermandades penitenciales; y el enriquecimiento y consolidación de la burguesía granadina, que impregnaría la vida social de nuestra ciudad de su impronta tradicional y católica.

El resultado es que en sólo diez años se fundan el Vía Crucis y la Entrada en JerusalénBurriquilla, tras diversos avatares, tendría que esperar hasta 1943 para lograr su normalización—; la Misericordia (Silencio) (1924), el Rescate (1925), la Humildad (1925) y la Santa Cena (1926); y se reorganizan el Santo Entierro (1924) y la Soledad (1925), más antiguas que las anteriores. Pero esta “primera oleada fundacional” evidenció inmediatamente las dificultades que implicaba la organización de los desfiles procesionales; y la solución fue similar a la ya puesta en práctica en ciudades como Málaga: crear una Federación de Cofradías, cuyos objetivos fundamentales serían coordinar la distribución de los días de salida y los horarios e itinerarios; unificar la gestión ante las autoridades civiles y eclesiásticas de las autorizaciones pertinentes y las posibles ayudas; y establecer un cauce adecuado para la relación con otras asociaciones sociales, culturales y religiosas de la ciudad. (1917) —aunque la popular


En la Cuaresma de 1927, el 11 de marzo, el Cardenal-Arzobispo Casanova firma los Estatutos de la Federación de Cofradías. Su primer Presidente, José Casinello Núñez, Hermano Mayor de la Soledad, se encargó de que entre sus primeras labores estuviera, naturalmente, la organización de los horarios e itinerarios de los desfiles procesionales, difundidos popularmente con un programa de mano incluido en prensa; además, el recorrido de las calles por las cuales pasaban esas hermandades fueron cubiertas con sillas, cuyo alquiler constituyó la primera fuente de ingresos de la Federación, junto a la cuestación entre empresarios y comerciantes. Ese mismo año se funda e ingresa en la Federación la Cofradía del Rosario, filial de la Archicofradía del mismo nombre fundada por los Reyes Católicos, mientras que la Cofradía de la Esperanza, aun habiendo sido fundada ese año, tuvo que esperar a 1930 para procesionar y ser federada. Al año siguiente, en 1928, se procedió a la renovación de Presidente, cargo que durante muchos años sería anual y que recayó en Vicente Ibáñez Alonso, Hermano Mayor de la Humildad. Se fundan las Cofradías de Santa María de la Alhambra y la de los Favores, que revitalizó una arraigada corporación devocional con orígenes en el siglo XVII (federadas ambas en 1929).

En los primeros años 30 se sucede una serie de eventos federativos de profundo arraigo en la vida cofrade local: la edición del primer cartel de la Semana Santa granadina, posiblemente el más antiguo de España (experiencia que volvería a repetirse y que desde 1940 ha sido una tradición estable); y la celebración de sendos Vía-Crucis solemnes en la Iglesia Catedral metropolitana durante los años 1932 a 1934, a causa de la imposibilidad de realizar los desfiles procesionales. En 1935, y con Miguel García Batllé, Hermano Mayor de la Santa Cena, en la Presidencia, las Hermandades y Cofradías vuelven a desfilar, uniéndose a ellas en esta ocasión la de los Escolapios, que debido a la guerra no pudo federarse hasta 1940.


Tras la guerra, y bajo el mandato de Santiago Valenzuela Suárez, Hermano Mayor del Vía Crucis, en 1940 vuelven a ser procesionadas la totalidad de las federadas, a las que ese año se une la Cofradía de los Gitanos, y en 1941 la de los Dolores, fundada durante la guerra por el Tercio de Requetés “Isabel la Católica”. Con García Batllé de nuevo en la Presidencia (1941-1944), se reorganiza la Burriquilla, tutelada en la práctica por la Federación hasta que se federa en 1947. Debido a su fallecimiento, lo sustituye provisionalmente el Hermano Mayor del Rescate, Ramón de Contreras Pérez de Herrasti, durante cuyo breve mandato se federan dos nuevas hermandades: la Oración en el Huerto y la Sentencia (1944). Al proceder a la elección correspondiente, el cargo recae en el Hermano Mayor de la entonces joven Cofradía de los Escolapios, Félix Infantes Vílchez. Él impulsó y organizó el Pregón Oficial de la Semana Santa de Granada, que, pese a su inicial intermitencia, se convirtió en una de las actividades cofrades más características de la Federación. El primer Pregón lo llevó a cabo Federico García Sanchís, escritor y conferenciante de fama en la década de los 40, el Miércoles Santo, en el Real Monasterio de San Jerónimo. En los últimos años de la década fueron Presidentes Luis González Rodríguez, Hermano Mayor y fundador de la Sentencia (1946-1949), bajo cuyo mandato firma el Cardenal-Arzobispo Parrado un nuevo Decreto para las Hermandades y su Federación, y se federa la Cofradía de la Aurora (1949); y nuevamente Ramón de Contreras (1949-1952). Entre 1952 y 1955 ocupa la Presidencia José Gómez Sánchez-Reina, Hermano Mayor de la Santa Cena, que seguiría presente en el mundo cofrade hasta la hora misma de su muerte, en los años 80. Durante este primer mandato vio nacer e integrarse en la Federación a la Cofradía de los Ferroviarios en 1953.

Su sucesor comenzaría en 1955, extendiéndolo hasta 1970, el mandato más dilatado en la Federación: el de Eladio Lapresa, Hermano Mayor del Rescate, a quien se le debe la adquisición en 1965 de un piso en la calle Ángel como sede para la Federación. Lo dilatado de su mandato motiva que pudiese experimentar tanto el esplendor propio de una época de generalizado pensamiento católico como la lenta pero irresistible crisis de las Cofradías, fruto de unos nuevos tiempos para la Iglesia y para el país. De este modo, y a pesar que de todavía en 1960 se fundase la Cofradía de la Paciencia, sólo unos años más tarde, en 1963, las dificultades económicas por las que pasaban muchas cofradías obligaban al cese temporal de las actividades de los Ferroviarios (como más adelante, en 1975, los Escolapios). En esa situación llega a la Presidencia Francisco Cifuentes, Hermano Mayor del Huerto, aunque como contrapartida ese año la Federación obtuviera de manos del príncipe de España, don Juan Carlos de Borbón, el título de Real. La crisis se instaló definitivamente en las Hermandades y Cofradías y en la Federación en los años sucesivos, que se salvaron con el mandato de gentes cuyo amor a la Semana Santa estaba fuera de toda duda, como los hermanos Arturo y José Gómez Sánchez-Reina (1972-1973 y 1973-1975, respectivamente).


Sería Francisco Gómez Montalvo, Hermano Mayor de la Cofradía de las Penas, quien como nuevo Presidente de la Federación (1975-1983) solventaría esa crisis, que tenía sus signos más evidentes en los conflictos con los costaleros asalariados, fruto de un momento difícil para la situación económica y política del país, que se movía en la incertidumbre ante el final del franquismo. La decisión de Gómez Montalvo es entonces drástica: anuncia públicamente que, de no conseguirse superar las dificultades económicas, se suspenderán los desfiles. Desde Sevilla, el Consejo de Cofradías se ofreció a aportar la cantidad necesaria y llegó a programar una suscripción popular; pero no fue necesaria, pues el Gobernador Civil logró de la Caja Provincial de Ahorros, que estaba en pleno proceso de constitución, que adelantara la cantidad necesaria.

Esta situación de penuria se remediará cuando a partir de 1978 comiencen a llegar los jóvenes a Hermandades y Cofradías. La formación de las primeras cuadrillas de costaleros devocionales, inmediatamente generalizada, supuso no sólo la supresión del gasto más importante en la organización de las procesiones, sino una fuente de ingresos, desde el momento en que, como hermanos cofrades, los costaleros contribuyen con sus cuotas y papeletas de sitio, además de con su labor, al mantenimiento de las Hermandades y Cofradías. Unido a este resurgir, comienza una “tercera oleada fundacional”: en 1977 se crea la Concepción; en 1980, la Estrella y los Estudiantes; y en 1982, la Encarnación y el Nazareno. La Semana Santa granadina comenzaba un periodo de esplendor no igualado y, en correspondencia, el peso específico de la Federación se hizo más evidente, lo que le impulsaba también a renovar sus estructuras y formas (comenzando por el propio escudo). A ello se une el hecho de que el predominio político del PSOE en el Ayuntamiento vaya acompañado de una decidida protección e impulso de las tradiciones, entre ellas los desfiles procesionales —con la fundamental presencia en el gobierno municipal de José Miguel Castillo Higueras—. Las subvenciones del Ayuntamiento aumentan considerablemente y la Federación es premiada con la Granada de Oro, que años más tarde recoge Gómez Montalvo de manos de Antonio Jara.


La progresiva renuencia de Gómez Montalvo, a partir de 1980, a aceptar el nombramiento de Presidente, desemboca en la elección del veterano federativo Miguel López Escribano, Hermano Mayor de la Sentencia (1983-1989). Bajo su presidencia el tradicional Pregón Oficial de la Semana Santa pasó a partir de 1988 desde su enclave en el Salón de Plenos del Ayuntamiento al Teatro Isabel la Católica, su lugar tradicional hasta 2006, cuando, debido a la pérdida de aforo del teatro, se ha trasladado al Palacio de Congresos. Además, conoció una renovación de los Estatutos en 1985, por Decreto de Méndez Asensio. Durante su mandato se incorporaron a la Federación dos Cofradías del Zaidín: los Salesianos y la Lanzada (1984). En 1988 es elegido como Presidente Antonio Medina Píñar, Hermano Mayor de la Entrada en Jerusalén, que había ocupado gran número de cargos en Juntas de Gobierno de la Federación. Uno de sus logros más reseñables fue la edición de un Boletín de la Federación, con el nombre de Gólgota. Durante su mandato se integró en la Federación la Cofradía de la Resurrección (1989), cuyos estatutos se habían aprobado en 1985.

En 1992 asume la Presidencia José Antonio Pineda López, Hermano Mayor de la Soledad de San Jerónimo, habituado a las tareas federativas, que sería el encargado de concluir el proceso de renovación que, como en otros ámbitos diocesanos, había sugerido el Sínodo Diocesano de 1991. Entre sus logros destaca su potenciación de las actividades cuaresmales (la recuperación del Vía-Crucis en el interior de la Catedral, que desde 1993 viene celebrándose con una Imagen distinta; la convocatoria a las federadas a la Eucaristía del Miércoles de Ceniza presidida por el Arzobispo en la Catedral; y el establecimiento de las Charlas Cuaresmales, dirigidas por el Arzobispo). Durante su mandato se incorporaron a la Federación las Cofradías del Cristo del Trabajo, el Cristo Resucitado (ambas en 1992), el Cristo de San Agustín (1994) y Jesús Despojado (1996), con lo que llega a las treinta y dos actuales el número de federadas.

El Miércoles de Ceniza de 1996 se hace público el Decreto por el que se aprobaba el Estatuto Marco de las Hermandades y Cofradías, en el cual se establece, entre otras cosas, que el proceso de reforma se llevaría a cabo desde la Real Federación por una Comisión Gestora. Ésta estuvo integrada por los Hermanos Mayores del Silencio y de San Agustín, José María Ortiz y Manuel López Guadalupe, respectivamente, así como por el Secretario de la Cofradía de la Alhambra, José Luis Ramírez Domenech. Se abre así, hasta 1998, un periodo de renovación y aprobación de los Estatutos, todavía vigentes. Entre las actividades que promueve la Comisión Gestora se encuentra la creación del Pregón de las Glorias de María, que inaugura en 1997 el Hermano Mayor de la Paciencia, José Luis Pérez-Serrabona; la celebración del Día de la Juventud Cofrade en la festividad de San Juan Evangelista (27 de diciembre); y las Jornadas de Convivencia que comienzan a celebrarse en 1998, fijándose el mes de junio para su realización.


Será el mismo José María Ortiz el primer Presidente de esta renovada Federación, para cuya elección, por vez primera, no es necesario ser Hermano Mayor, y que tiene ahora una duración de cuatro años. Bajo su presidencia, y en el año 1999, se produce el anuncio por el Arzobispo, Antonio Cañizares, de que en el año 2000 las Hermandades y Cofradías concluirán su estación de penitencia en el interior de la Santa Iglesia Catedral. Aunque declara que se hace para obtener las indulgencias jubilares, hasta la fecha la misma sigue manteniéndose. Entre los logros más destacados del mandato de José María Ortiz sobresalen la ampliación a tres números anuales de la revista Gólgota; el traslado de la sede oficial de la Federación, en octubre de 2000, al “Centro Ágora”; y la celebración de los diversos actos conmemorativos del 75 Aniversario de la Federación, bajo el lema “Unidos por el mismo Espíritu” —que sirvió igualmente como título para la primera publicación de la Federación destinada a la formación de los cofrades—. José María Ortiz recibió la Medalla de Oro de la Real Federación en junio de 2010 por el gran esfuerzo renovador y dedicación a la institución y a las hermandades granadinas. En octubre de ese año, Ortiz moría dejando un enorme legado de trabajo y sacrificio por la Real Federación y por su Hermandad del Silencio.

Siguiendo con esta crónica histórica del organismo federativo, a José María Ortiz (q.e.p.d.) le sucede en el cargo Gerardo Sabador Medina, Hermano Mayor del Resucitado, que durante dos mandatos consecutivos desde 2002 a 2010 efectuó una presidencia en la que fueron significativas la presencia de mujeres y de jóvenes en la Junta de Gobierno, intentando llevar a las estructuras federativas la realidad de las Hermandades y Cofradías del siglo XXI. Su apuesta por los llamados “grupos jóvenes” se tradujeron en la importancia que desde la Federación se está atribuyendo a la formación y animación de los jóvenes cofrades. También se concilia modernidad y tradición en actuaciones como la reciente modificación del formato de la revista Gólgota, que iniciaó en 2006 su “Segunda Época” con José Luis Clements (q.e.p.d.) como director, o el esfuerzo por conseguir la celebración de un Desfile Antológico que se celebró exitosamente en 2009 -Centenario del primer Santo Entierro Magno celebrado en Granada- bajo el nombre de Passio Granatensis (ver Especial en esta web).

En abril de 2010, al finalizar la etapa de gobierno de Gerardo Sabador, el Sr. Arzobispo de Granada nombra nuevo Presidente de la Real Federación: Antonio Martín Sánchez. Cofrade vinculado desde su infancia a las hermandades de la Purísima Concepción y de los Dolores (de ésta fue también su Hermano Mayor durante varios años), retomó el testigo de la anterior Junta de Gobierno a la que perteneció como Vicepresidente. Su programa de gobierno incluye el refuerzo de los aspectos capitales que ya desarrolló su antecesor (juventud cofrade, formación y renovación paulatina de actos y actividades) junto con el deseo de involucrar cada vez más a los cofrades granadinos en el desarrollo de las iniciativas de la Real Federación. Uno de esos proyectos es el de la 'Biblioteca Cofrade' de la antigua sede de la institución en la calle Ángel, el inicio de la "Tercera Época" de Gólgota bajo la dirección de Luis Javier López y la gestión de la nueva Tribuna Oficial de la calle Ganivet que ha permitido una mayor rentabilidad económica, al instalarse más palcos de los que había en la anterior ubicación de la Plaza del Carmen, y también una mayor relevancia social ya que muchos ciudadanos han podido acceder a tener un palco en la Carrera Oficial granadina.

Real Federación de Hermandades y Cofradías, Granada

viernes, 24 de febrero de 2012

Historia de la Semana Santa de Málaga


La Semana Santa Malagueña





La celebración de la Semana Santa en Málaga, adquiere forma de procesiones con la Reconquista de la plaza por parte de los Reyes Católicos en 1.487. La conversión de los habitantes de la ciudad al catolicismo así como la llegada de nuevos pobladores, procedentes de Castilla suponen, tras siglos de influencia musulmana, una nueva dimensión en la expresión religiosa de los malagueños. 


Pero, sin lugar a dudas, el fenómeno de la Edad Moderna que más marcará el destino de las Cofradías, tanto en Málaga como en el resto de España será la Reforma Protestante, el Concilio de Trento (en el siglo XVI) y la posterior contrarreforma católica. La Iglesia, en una clara intención de combatir la herejía que para ellos supuso la doctrina protestante, fomentará, por contraposición a la nueva corriente confesional, el culto a las Sagradas Imágenes. Esta seña de identidad poseía a su vez una doble intención: Si bien servía como seña distintiva del credo católico, también se utilizó para catequizar al pueblo, dado que la mayor parte de la población desgraciadamente era analfabeta. Además, junto a la prohibición de que los no religiosos interpretasen las Sagradas Escrituras, podemos decir también aquel famoso "una imagen vale más que mil palabras".

Será pues la época del barroco en Málaga un tiempo de fundación de nuevas cofradías, de personajes nobles de la ciudad vinculados tanto a las nuevas como a las ya existentes fraternidades. Claro que la celebración de la Semana Santa de entonces resultaba completamente diferente de la que conocemos en la actualidad. Todos los tronos salían de sus respectivos templos, no existiendo el fenómeno de las Casas de Hermandad del que hablaremos posteriormente. Salían las Imágenes en unas reducidas andas portadas por unos 8 o 10 hombres de trono, estando el cortejo compuesto por "hermanos de luz" (lo que equivaldría a los actuales nazarenos) y los "hermanos de sangre" o disciplinantes, que, azotándose durante todo el recorrido penitencial, impresionaban al público que se congregaba para presenciar tan tétrico espectáculo. Y no nos olvidemos también de una característica que hoy puede parecer secundaria (a pesar de que en nuestros días vuelve a ponerse en práctica con los columbarios para hermanos en las propias capillas o templos en los que radican las hermandades): Nos referimos al carácter de "mutua de enterramientos" que las cofradías desempeñaron. 


La mayor parte de los hermanos ingresaban en las fraternidades movidos por el deseo de conseguir un lugar en suelo sagrado en el que sus restos mortales pudiesen hallar el descanso eterno, así como una entidad que dijese las misas de rigor con el objetivo de rogar por su alma vagante en el purgatorio en búsqueda del descanso celestial eterno. Como vemos, las cofradías de aquella época poseen entre sus características fundamentales no sólo las del Culto a Dios hecho Hombre y a su Madre, sino también finalidades más mundanas y de orden práctico, como es la de asegurar un lugar de enterramiento.

Pero la época barroca, llena de efectos y de exageraciones, también comete sus excesos, como es el caso de la proliferación abultada de disciplinantes que iban azotándose durante el transcurso de las procesiones, tal y como ya hemos comentado, así como otros excesos como podían ser el exhibicionismo de las clases más pudientes, eligiendo los mejores sitios de la procesión y luciendo distintivos sobre la túnica nazarena. Todo lo cual llevaría a la Autoridad Eclesiástica a dictar normas que regulasen tales abusos y que intentasen reconducir por el camino de la piedad a las cofradías.
A llegar la época de la Ilustración (siglo XVIII) nos encontramos con una sociedad que va cambiando su forma de pensar. Los ilustrados no son tan partidarios como sus antepasados de las cofradías, al considerarlas herederas del obscurantismo y superstición religiosos. Esta nueva forma de plantear la religiosidad popular hará que los gobernantes tomen medidas y dicten normas (en ocasiones escasamente respetadas) destinadas a fomentar el orden público y la compostura, sin exageraciones, durante los desfiles procesionales.

Y por si fuera poco, el siglo XIX no entrará con buen pie para el mundo cofrade malagueño. La invasión sufrida por parte de las tropas napoleónicas hará que el patrimonio cofrade sufra continuos saqueos y que una buena parte de lo atesorado hasta entonces desaparezca en manos extranjeras. Pero, tras la Guerra de Independencia, un nuevo suceso resentirá las estructuras cofrades La desamortización eclesiástica propugnada por Mendizábal en 1.835 eliminará muchos conventos como tales, afectando lógicamente a Málaga. Las iglesias conventuales albergaron desde siglos atrás a un buen número de cofradías. De hecho, en la época barroca, algunas órdenes monásticas, como es el caso de la franciscana, se habían destacado por difundir determinadas devociones y en su interés por la fundación de cofradías penitenciales. El hecho de que los conventos desaparezcan hará que las cofradías deban plantearse nuevos templos en los que cobijar a sus imágenes y desde donde poder salir en Semana Santa. Y otro aspecto a destacar será la creación de cementerios municipales, lo cual hará que la función de mutua de entierros decaiga enormemente, al enterrarse a partir de ahora en espacios municipales destinados específicamente a este fin, aunque no olvidemos que las cofradías comprarán en los nuevos camposantos nichos y panteones para el descanso eterno de sus hermanos.



Los comienzos del siglo XX no serán excesivamente halagüeños. La crisis económica que se desata en esa época sobre Málaga (fracaso en la industria siderúrgica local, plaga de la filoxera que arrasa las viñas) afectará lógicamente a las cofradías, sobre todo a su nivel de ingresos. Esta delicada situación económica, que no permite a un buen número de hermandades realizar su anual salida penitencial, será el origen de la fundación, en 1921, de la Agrupación de Cofradias de Semana Santa de Málaga, decana en nuestro país de dichas entidades. La función primordial de dicha Entidad, desde un primer momento fue el procurar el necesario apoyo económico que permitiese sufragar los gastos de las procesiones, sobre todo de las hermandades más necesitadas. Y será precisamente en los años 20 cuando nuestra Semana Santa comience a adquirir un gran auge. Junto a la vuelta a la escena cofrade de hermandades en decadencia en siglos anteriores, se fundarán nuevas fraternidades y se contará con el estímulo que supone la promoción de cara al turismo invernal del que por entonces ya nuestra Málaga disfrutaba. Las procesiones constituyen un atractivo más para el turista de la época, constituyendo sin duda alguna (tal y como sucede en la actualidad) una importantísima fuente de ingresos para la ciudad.



Esta etapa de oro se truncará lamentablemente por motivos políticos y sociales. En la noche del 11 al 12 de mayo de 1931, recién estrenada la Segunda República, grupos incontrolados de anarquistas irrumpen en los templos de la ciudad y se dedican a la destrucción masiva de cuanto encuentran en los mismos. La incultura e intolerancia de algunos acaba con el patrimonio devocional de siglos en nuestra ciudad. Una pésima interpretación de lo que es la fe y las creencias destruye aquello que unió creencialmente a generaciones de malagueños. Y tras estos sucesos, el clima social revuelto hace que se suspendan las procesiones, aunque en 1935 algunas hermandades salgan a la calle (se les denominaría a partir de entonces como "las valientes") arriesgando lo poco de patrimonio que en aquel entonces habían logrado reunir. Y ya en 1936, la Guerra Civil trae una nueva ola de destrucción que acaba de nuevo con casi todo lo rescatado de los desmanes anteriores.



La Posguerra fue dura para todo el mundo, y, por supuesto, para las cofradías. La recuperación patrimonial vendrá también influenciada por las circunstancias sociales y políticas de la contienda. Los vencedores, en un claro espíritu "nacional-católico" fomentarán dicha celebración como el triunfo sobre los enemigos de la fe católica, magnificando y politizando descaradamente en los primeros años algo tan del pueblo como son las procesiones. Como consecuencia de ello, la presencia de fuerzas militares se incrementará notablemente, aunque ya resultara importante en siglos anteriores. Otro aspecto a destacar será el aumento en el tamaño de los tronos, debido por un lado, a ese afán de destacar el triunfo de la confesión católica sobre "el ateísmo republicano", magnificando el trono sobre el que se ubican las Imágenes Sagradas. Pero, por otro lado, las no siempre fluidas relaciones entre los cofrades y el clero harán que un decreto episcopal prohíba el montaje de tronos en los templos debido a las molestias que ocasiona en el culto religioso de esos días. Al no depender ahora de las medidas de ninguna puerta (en aquel entonces, tan sólo la hermandad de Viñeros realizaba Estación de Penitencia en la Catedral) el tamaño puede crecer libremente. Y ello hará surgir otro elemento en las procesiones que hoy va desapareciendo como es el caso de los "tinglaos", las estructuras metálicas que albergan a los tronos en plena calle y los protegen (levemente) de las inclemencias del tiempo.

Los años 60 del presente siglo verán como cambia la mentalidad cofrade. Si bien la reconstrucción de la posguerra hizo que los artistas y artesanos locales pudiesen realizar su labor y producir un buen número de obras de clara inspiración en la escuela granadina de imaginería, tradicional hasta entonces en nuestra ciudad, se volverán ahora los ojos de las Juntas de Gobierno de las cofradías hacia Sevilla. Los nuevos encargos, tanto de Imágenes, como de tronos y resto de enseres se cursarán a partir de ahora en la ciudad del Guadalquivir, afectando este hecho hasta nuestros días. Y otro efecto importante será la incorporación de la juventud en el seno de las cofradías de forma activa. Pero no todo será un camino de rosas para los nuevos cofrades.
La diferente mentalidad con respecto a las personas que en aquel entonces dirigen las cofradías propiciarán tensiones en el seno de las mismas. La llegada de la democracia en los años 70 verá también como esos cofrades jóvenes zanjarán parte de esas discusiones generacionales creando nuevas hermandades, con una visión de la Semana Santa diferente. Ahora lo importante no será tanto la suntuosidad de los desfiles procesionales, sino el poder salir de los templos en los que radica la cofradía en cuestión y en realizar Estación de Penitencia en la Catedral, algo que será permitido libremente a las cofradías malagueñas por parte del Obispado a partir de 1988 (hasta entonces tan sólo gozaban de ese privilegio las cofradías de Viñeros y de Pasión).
Y así llegamos hasta nuestros días, en donde conviven dos formas de ver y entender la Semana Santa. Junto a la desarrollada en la posguerra (tronos de grandes dimensiones, suntuosidad y lujo en los cortejos procesionales) también se da el procesionismo desarrollado a partir de finales de los años 70 en las nuevas cofradías (espíritu penitencial más austero y concediéndose mayor importancia a la Estación de Penitencia). En cualquier caso, la variedad es algo que define la esencia de nuestra Semana Santa, razón de peso para visitar nuestra ciudad y disfrutar de esta celebración que, para los malagueños marca sin lugar a dudas el inicio de la primavera.

martes, 29 de noviembre de 2011

Historia de la Semana Santa de Cádiz


1.- Orígenes y primeras hermandades

La Borriquita de Cádiz
Las fuentes bibliográficas no aportan testimonios documentales solventes de cofradías penitenciales anteriores al siglo XVI, aunque es innegable la celebración de vía crucis cuaresmales y en la propia semana pasional de manera espontánea, con una mínima organización a cargo de agrupaciones de devotos ya desde el siglo XIV y sobre todo el XV, iniciadores del fenómeno de la religiosidad pasionista moderna que, tras las misiones apostólicas de las órdenes mendicantes -en especial, franciscanos- adquiere una personalidad propia entre la base popular así como una autonomía consentida por la jerarquía eclesiástica aunque pronto, en aras de una sujeción más efectiva a este fenómeno, decretara medidas de control muy específicas y formalizara la erección de estas asociaciones devocionales como hermandades, aunque ya de facto contaban con una incipiente organización.
Las primeras hermandades penitenciales en sus advocaciones, destacando las de la Vera Cruz, Jesús Nazareno y Santo Entierro, de las que se tienen ya noticias ya en el siglo XVI. Las de la Vera Cruz tienen su origen en los conventos de la orden de San Francisco, muy extendidos por la provincia y cuyos frailes, como queda indicado, fueron grandes difusores del uso penitencial. Caben destacar a las hermandades de Arcos de la Frontera o El Puerto de Santa María, de principios de siglo (1505), la de negros de Sanlúcar (1525) o la de Jerez (1542).

En Jerez capital hay un mayor número de hermandades que surgen en esta época, pero en el resto de pueblos y ciudades de la diócesis no ocurre así, al menos en función de la documentación hasta el presente consultada. Aunque fundamentalmente las hermandades se nutren de laicos, es significativo detallar la existencia de una hermandad clerical denominada del Perdón en Arcos de la Frontera con veinticuatro sacerdotes numerarios que rigen la corporación.
Humildad y Paciencia 

2. La Semana Santa en el siglo XVII y primera mitad del XVIII
En el siglo XVII se generalizan las hermandades y cofradías en las dos actuales diócesis y comienzan a configurarse las bases de las celebraciones penitenciales en la Semana Santa en el aspecto externo así como la personalidad jurídica esencial de las corporaciones. Pero es ya en el siglo XVIII cuando se consolidan tanto la estructura de las hermandades como la de las procesiones de Semana Santa, que adquieren su canon definitivo, detectándose una etapa de indudable apogeo.

Quisiera referirme en este período a las grandes ceremonias generales que tenían lugar durante la Semana Santa y que eran vividas por el pueblo con espíritu de unidad cofradiera, independientemente de las estaciones de cofradías concretas. Actos de indudable semejanza se hallan documentados en Sevilla en el siglo XVI. En Jerez, por ejemplo, se constatan en el siglo XVIII tres grandes ceremonias: Las Tres Caídas, el Descendimiento y la procesión del Santo Entierro. Las dos primeras tenían efecto durante las estaciones penitenciales de las hermandades del Nazareno y de la Piedad y son claramente relacionables con la del Nazareno de Sevilla la primera y con la ceremonia del Calvario que se llevaba a cabo en el barrio de los Humeros, la segunda. En Rota se celebraba una procesión del Nazareno con Via Crucis y Sermón de Pasión.

Este tipo de ceremonias, muy imbuídas del espíritu efectista del Barroco, revelan sin duda reminiscencias de lo que fueron los orígenes de la propia Semana Santa moderna, antes incluso de las procesiones penitenciales más primitivas y, por supuesto, las específicamente barrocas con sus pasos de Misterio, que de alguna manera plasman esculturalmente estas ceremonias así como las antiguas escenificaciones sacras, a las que aquí no nos referiremos. Huellas de estas ceremonias se detectan todavía en poblaciones muy concretas de España como Bercianos de Aliste (Zamora). En Jerez, a diferencia de Sevilla en donde son prohibidas a principios del siglo XVII, van a pervivir incluso en el XIX unidas al resto de las procesiones en una significativa simbiosis popular y particular de la Semana Santa y las cofradías.

Según Repetto, las cofradías jerezanas no realizaban la estación penitencial -antes de nuestra época a estudio- a un sólo lugar, sino que visitaban siete iglesias, entre ellas la entonces Colegial, con el objetivo de ganar las indulgencias concedidas para las visitas a los Sagrarios. Esta situación se mantendrá hasta que las medidas ilustradas de la segunda mitad del XVIII centralicen las estaciones únicamente a la Colegial. No obstante, Repetto no aduce ningún documento justificativo tanto más cuanto que en la sede metropolitana desde 1604 era obligada la estación a la Catedral de las cofradías de Sevilla y a la parroquia de Santa Ana las de Triana. Puede parecer un tanto extraño que en Jerez se siguiera permitiendo esta práctica de los siete sagrarios que también era común en Sevilla hasta la citada fecha. Ciertamente quizá la situación de inflación que se registraba en Sevilla no se producía en Jerez y no había razón pastoral para la inmediata centralización, pero no está claro tampoco este extremo. Quizá habría que investigar más sobre este punto, tratando de rescatar Reglas posteriores a los primeros años del siglo XVII y anteriores a las citadas medidas ilustradas (aunque es preciso también aclarar que desde 1695 la Colegial estaba cerrada al culto).

Todo ello es importante pues se podría establecer el grado de control de la autoridad eclesiástica sobre estas procesiones y si en Jerez, como estimo, tuvieron real incidencia las disposiciones sinodales de Rodrigo de Castro y Niño de Guevara. Nada de todo este asunto se detalla hasta las normativas ilustradas de la segunda mitad del siglo XVIII y eso hace que resulte difícil enmarcarlas en su justa apreciación.
La Sentencia 

3.- La Semana Santa y la Ilustración
Es constatable la existencia de impugnadores de las procesiones de Semana Santa y de las propias cofradías entre el clero en el último tercio del siglo XVIII que plantean continuas denuncias ante el gobierno ilustrado acerca de la indignidad de las mismas, su irracionalidad, claras reminiscencias supersticiosas, inutilidad...y abogando por una purificación radical de tales prácticas. El poder civil se involucra directamente en la esfera religiosa y eclesiástica en el marco de los esquemas regalistas de la época y establece diversas disposiciones de control directo sobre instituciones eclesiales y, entre ellas, las hermandades y cofradías, a las que obliga a presentar Reglas ante el ordinario gubernamental del Consejo de Castilla para su aprobación, proceso que culmina en 1783 con una Real Orden suprimiendo a todas aquellas que no cumplan estos requisitos.

En el caso de Jerez, que es el más documentado, este clero refractario a la religiosidad popular asume un papel relevante en la figura del Vicario Manuel María Pérez, unido a una actitud tempranamente categórica del Consejo de Castilla extinguiendo las cofradías 12 años antes que en Sevilla y la generalidad de la nación; si bien es cierto que el informe previo y negativo de Olavide fue coetáneo a estos hechos.

Ciertamente se observa la existencia de relajación y abusos en este tipo de manifestaciones de religiosidad, lo cual no constituye una novedad (ya a principios del siglo XVII en Sevilla, Niño de Guevara las resaltaba en los cánones del sínodo de 1604), pero sí contrastaba con las ideas ilustradas. El Barroco pervivía entre el pueblo, pero sus manifestaciones religiosas se iban tornando huecas y superficiales. La religión, poco a poco, va dejando ser la única instancia ideológica entre el pueblo, y la cotidianidad tiende a desaparecer. Es sintomático el caso de los rosarios en Sevilla, generadores de continuos disturbios o el del alquiler de flagelantes en las procesiones de sangre, tratando de mantenerse una apariencia, una estética que iba dejando de ser real.

Con esto no quiero decir que este tipo de religiosidad dejara de tener arraigo en el pueblo, sino que era precisa una renovación de estas prácticas. En este sentido, por ejemplo, el rosario de la aurora sustituye espontáneamente a las procesiones nocturnas, excesivamente recargadas. Resulta evidente que el pueblo de Jerez sentía como algo propio las procesiones seculares de Semana Santa porque constituía una parte integrante de sus cofradías y participaba activamente en su celebración. Los abusos y corruptelas se constatan como ciertos y se tenía conciencia de ellos, aunque en modo alguno se consideraban índices de una degeneración del fenómeno. Hay que pensar en este sentido que estos abusos fueron magnificados por determinados sectores ilustrados en el poder civil y en el ámbito curial diocesano con el fin inequívoco de renovar desde el Estado estas prácticas que eran rémoras de una religiosidad barroca que perjudicaba el "bienestar" del pueblo. Es el paternalismo propio del Despotismo Ilustrado que, muchas veces sin analizar ni comprender suficientemente esta religiosidad popular, trataba de anularla desde la fuerza de la ley. Necesariamente una política así habría de fracasar, aunque en el caso de Jerez apareciera como un logro oficial. De hecho, resulta extraño que, casi sin mediar informes, se extingan las cofradías. No resulta fácil comprender que, pese a la resistencia popular, las autoridades oficiales pudieran conseguir con relativa facilidad sus propósitos y que las cofradías terminaran plegándose e iniciando una clarísima decadencia tras la crisis. La figura de Pérez concuerda perfectamente con la del alto clero ilustrado de Córdoba o Sevilla.

Mientras que en Sevilla las cofradías afrontan el problema y la disposición civil no pasa de ser un trámite jurídico ante un decreto más oficial que efectivo y continuaron desarrollando casi sin traumas su vida activa, en Jerez parece ser que esto no pudo ser posible. Se hace lógico pensar en una cierta decadencia dentro del ámbito cofrade que no pudo resistir esta presión. Cabe decir así que unos años después de la supresión, hermandades como la Vera Cruz o el Nazareno salvan sin muchas dificultades las trabas jurídicas. No obstante, el hecho de prohibir las cofradías no significó que dejaran de celebrarse las procesiones de Semana Santa. Aunque resulte algo paradójico es perfectamente constatable. Se trata de mantener la celebración dada su popularidad y raigambre, pero eliminando a las hermandades, que son asociaciones ilegales a la luz de las disposiciones oficiales del Consejo de Castilla...aunque lo cierto y verdad es que eran los propios cofrades de cada hermandad los que seguían organizando las procesiones, aunque sin identidad corporativa alguna. Evidentemente las procesiones de Semana Santa eran algo connatural al pueblo y no resultaba prudente suspenderlas, por lo que se optó por suprimir a las instituciones que conformaban esta religiosidad, tratando de privar a estas manifestaciones de una estructura organizativa e ideológica que no parecía a las autoridades congruente con la religión "utilitaria" que convenía a las gentes.

Me inclino a pensar, concluyendo, que estas medidas ilustradas coinciden con una grave crisis de la religiosidad popular, que es general en Andalucía dentro de una fase de transición hasta asentarse de nuevo en una sociedad cambiante y en búsqueda asimismo de una nueva configuración en su estructura socio-económica, política y mental. No existen datos muy concretos sobre otras poblaciones gaditanas, ni en el mismo Cádiz, pero estimo que la situación no debió no debió ser muy diferente, aunque sin la radicalidad de Jerez. Así la Hermandad de la Vera Cruz en Cádiz, que había atravesado un gran período de expansión en el siglo XVIII, se debilita notablemente en sus años finales y prácticamente se extingue. En el propio ámbito de Jerez, Arcos de la Frontera, la incidencia tuvo lugar a partir de 1783, es decir, que no le afectaron las disposiciones de 1772 sobre Jerez y sus consecuencias no fueron determinantes, pues aunque fueron disueltas dos hermandades, no tardaron éstas en superar la situación.

Comienza así la contemporaneidad para la Semana Santa, con una evidente inquietud entre las cofradías, pero en la misma línea de arraigo popular del Barroco.

Veracruz 

4.- El siglo XIX
Se trata de un período de transición en donde las cofradías se asientan en la nueva sociedad que, sin embargo, permanece bastante identificada con ellas, a pesar de algunas etapas críticas, como se verá. Hay una dependencia ciertamente estrecha de las cofradías respecto del ordinario civil, originándose casos aparentemente extraños en los que la restauración de una cofradía la lleve a efecto la disposición de un alcalde, que aprueba sus Reglas; ciertamente su situación jurídica no fue totalmente conforme hasta que se produjo la confirmación de la autoridad eclesiástica, pero lo cierto fue que la primera disposición civil hizo posible su vida activa. Fue el caso de la Hermandad de la Vera Cruz de Cádiz en 1845.

En los primeros años de este siglo se asiste a un cierto mantenimiento de la situación de decadencia de finales del XVIII. La invasión napoleónica incide en esta crisis. En San Fernando se constata que la Hermandad de la Expiración se extingue voluntariamente ante el hecho de que todos los miembros de su junta de gobierno decidieran incorporarse a la lucha armada contra los franceses y es que se trataba de una corporación donde los cofrades más representativos pertenecían a la nobleza de la Armada.

A partir de los años 20, en coincidencia con el Trienio Liberal, se emiten una serie de nuevas medidas restrictivas, a las que se unen las campañas desamortizadoras posteriores, que afectan a no pocas sedes canónicas de hermandades.

A mediados de la centuria se observa una tímida revitalización. Es la época en la que el alcalde de Jerez aprueba las Reglas del Nazareno y se restaura la cofradía del Mayor Dolor y en Cádiz la Vera Cruz y Columna y Azotes. En el ámbito nacional se firma el Concordato con la Santa Sede por el gobierno liberal. Se documenta igualmente la celebración de las ceremonias de las Tres Caídas, Descendimiento y Sermón de Pasión por la Hermandad del Desconsuelo de Jerez. Tras este período, se produce la coyuntura relacionada con la Revolución de 1868. En Cádiz ninguna cofradía realizó estación salvo la de Jesús Nazareno.

Tras este intervalo, el último tercio de siglo experimenta la reorganización generalizada de las cofradías y de la Semana Santa que continuará hasta los años 20 del presente siglo. Respecto a esta época hay que señalar en primer lugar el hecho de que la jerarquía eclesiástica recupera el control efectivo de las cofradías. Así en Cádiz, el obispo Catalán y Arbosa intenta revitalizar el culto externo en 1881, lográndose la recuperación de diversas procesiones de Semana Santa. Por otra parte, el cardenal Spínola, arzobispo de Sevilla, emprende una labor de reordenación de estas instituciones, sometiéndolas más directamente a su autoridad. Es como una reasunción de competencias perdidas tras un largo período de omisión en favor del regalismo del poder civil. Todo ello se recoge en una circular de 1899 publicada en el Boletín del Arzobispado. LO cierto y verdad es que coincide esta revitalización cofradiera con la intervención efectiva de la autoridad eclesiástica. De hecho, el clero interviene activamente en esta etapa, siendo incluso co-fundadores o co-restauradores de varias hermandades.

Por otro lado, según Repetto, parece observarse una reactivación de las hermandades con el único objeto de la salida procesional, es decir, serían sólo asociaciones procesionales y lo achaca a las medidas ilustradas del XVIII. Es difícil precisar tal aserto. En Cádiz se detecta un fenómeno parecido cuando en 1889 se constituye una junta de priostes y mayordomos que pidieron apoyo económico al vecindario, recibiendo el de las autoridades civiles. Se crea así la Junta de Procesiones. Habría que estudiar mejor las hermandades y comprobar si realmente no existía una vida interna o simplemente que se dedicaba una atención especial a la procesión de Semana Santa, que en Cádiz se nutre de elementos alegóricos, con lo que parece que esta última opción puede ser válida, incluso desde el punto de vista de Repetto, aunque el caso de Jerez es diferente.

Es ya observable una paulatina recuperación de las cofradías tras una larga transición, que salvo la coyuntura de la Guerra Civil irá en aumento. Al igual que el absolutismo ilustrado, los gobiernos liberales desarrollarán una política diversa respecto a las cofradías, predominando el intervencionismo, sin que esto signifique un cambio de postura del Estado respecto a ellas, sino que se continua en la línea ilustrada de laicización de la sociedad; sólo que con los liberales la Iglesia pasa de sometida o aliada incondicional a estar separada de hecho del poder, detectándose una actitud contraria que prende en parte del pueblo, sobre todo en las capas más humildes y en el incipiente proletariado, que es el anticlericalismo, que va a afectar también a las cofradías por el clima de temor que provoca en los ámbitos eclesiales y que se hacen palpables en los momentos de radicalización de los partidos progresistas y en la Revolución de 1868, preludiando los acontecimientos posteriores de la II República.
Ecce Homo

5.- El siglo XX
En la época contemporánea es el siglo XX el de mayor apogeo del fenómeno cofradiero y de la Semana Santa, al menos desde un punto de vista cuantitativo, con una creciente masificación que tiende hoy en día a desvirtuar el sentido de la celebración y que es consecuencia de un proceso paulatino motivado en parte por una serie de coyunturas favorables objetivamente.

Así, tras un resurgir y mantenimiento en los años 20, el fenómeno parece declinar un tanto y aletargarse durante la II República por factores coyunturales bien tristes como asaltos o persecuciones a edificios y personas relacionadas con la Iglesia y subjetivos derivados de aquellos. No obstante, tras una incertidumbre y temor justificados, las cofradías vuelven de nuevo a salir en los años anteriores a 1936, interrumpiéndose este año, pero no los siguientes al integrarse la provincia de Cádiz muy pronto en el territorio de las tropas de Franco.

Habría que profundizar en las circunstancias de esta época en relación con las cofradías. Es esa cuestión del miedo real que se palpaba entre los cofrades y que ha analizado en el caso de Sevilla el profesor Domínguez León y que está relacionado con la cuestión política. Siempre he pensado que las cofradías están bien arraigadas en el pueblo y no suelen actuar al dictado de ideologías por cuanto su base es heterogénea socialmente. Esto no quiere decir que sus dirigentes no lo pudieran hacer, lo que se puede constatar, como también que cofrades bien caracterizados contrastasen en ideología con los que forman la junta de gobierno de su cofradía. Gracias a ello, ha sido posible su secular pervivencia en las más adversas condiciones. Tampoco quiero decir que no se vieran utilizadas por estas mismas ideologías, incluso en propagandas políticas de la época de la II República y Guerra Civil. Desgraciadamente los trabajos de la Semana Santa de Cádiz y Jerez no insisten en este período y se limitan a narrar los hechos lastimosos de muchas cofradías afectadas e imágenes y enseres por asaltos a sus sedes, que fueron numerosos. Pueden igualmente señalarse casos puntuales en el aspecto negativo tales como el de los nazarenos de la Hermandad de la Buena Muerte de Cádiz que hubieron de soportar que en parte de su itinerario les colocaran tachuelas en las calles a sabiendas de que la mayoría iban descalzos...o el triste suceso ocurrido en Sanlúcar de Barrameda donde las procesiones y sus integrantes fueron perseguidos a pedradas por las calles.

Tras la ocupación de las tropas de Franco y, sobre todo, a partir de la terminación de la Guerra, se vive un clima exacerbado de nacional-catolicismo que impregna todas las facetas de la vida ordinaria. Es muy importante el número de cofradías que tienen su origen en los años 40 igualando al de las antiguas. El ambiente se hace propicio para estas nuevas fundaciones o restauraciones en una Semana Santa que adquiere pomposo realce.

La antigua alianza entre el trono y el altar parece reverdecer por el apoyo de la jerarquía católica al régimen de Franco tanto en la Guerra (que es declarada como Cruzada por la inmensa mayoría de los obispos) como en la posguerra. Las cofradías también se involucran en esta dinámica y es general la asistencia de autoridades civiles y militares a las procesiones ocupando lugares de preeminencia así como con la concesión de cargos honoríficos. Se trata de un tipo de hermandad excesivamente orientada hacia lo externo en pro de esa religiosidad un tanto sociológica que se vive en estos momentos tras una contienda fratricida.
Un fenómeno derivado de este nacional-catolicismo fue el que tuvo lugar en Cádiz y también en otras poblaciones en los años 50 cuando las cofradías atravesaron una grave crisis económica que hacía peligrar las salidas procesionales. Se generó entonces una campaña de concienciación pública en la que intervinieron activamente los poderes civiles y económicos, organizándose una especie de patronatos dirigidos por entidades gubernamentales, empresa, sindicatos y también cuerpos militares. Así, por ejemplo, en La Línea de la Concepción una hermandad estaba integrada en la Real Balompédica Linense.

Este incremento de procesiones continua en los años posteriores tanto en las capitales de las diócesis como en el resto de las poblaciones hasta asentarse en los años 60 y 70, aunque en la actualidad sigue muy viva la inquietud de fundar nuevas cofradías, pero ya las motivaciones son mucho más variadas, observándose un mayor incremento de la espiritualidad interna, de la vida activa durante todo el año, mayor dedicación a la formación, catequesis y obras asistenciales...y todo esto hay que relacionarlo con el influjo renovador del Concilio Vaticano II y sus aplicaciones concretas en las diócesis a estudio que si, en un principio, fueron recibidas con no pocos recelos en los ámbitos cofrades, poco a poco se han ido asumiendo y adaptando a la idiosincrasia propia de cada corporación aunque con un creciente espíritu eclesial. Igualmente todo ello va unido a un progresivo desarraigo de la Iglesia frente a los estamentos civiles. Es ahora cuando comienza el fenómeno de los grupos jóvenes que en cierta medida vienen a purificar la excesiva superficialidad de las hermandades, sus ímpetus exclusivos de cara a la Semana Santa y van a potenciar esas otras nuevas cofradías más austeras y penitenciales. Es un fenómeno interesante que se da en toda Andalucía occidental con Sevilla como pionera...que surge como reacción al tipo comentado de hermandades con una religiosidad demasiado externa y festiva, sociológica...tras una dura etapa de represión.

Esta es la situación actual, en búsqueda de una identidad en los nuevos esquemas de la sociedad, con una mayor eclesialidad en sus cuadros dirigentes, aunque sin abandonar nunca la autonomía que ha sido fundamental para conservar el arraigo popular. La cofradía se sigue consolidando como instancia natural de la religión del pueblo, concebido como comunidad de ideales y esperanza.

Precisamente esta personalidad tan marcada de las cofradías originan algunos problemas en ambas diócesis con la jerarquía porque resulta muy difícil uniformar criterios respecto a ellas y es muy variopinta la mentalidad de sus cofrades y su actitud respecto a la Iglesia institucional, aunque generalmente la sumisión a la jerarquía es permanente. No obstante parece que en los últimos años se tiende a una mayor comprensión de la religiosidad popular por parte de los obispos e incluso del Papa en sus visitas a Andalucía, pero todavía con demasiados recelos y prejuicios de marcadas raíces históricas.

A pesar de todo, es indudable que en ambas diócesis las cofradías han estado permanentemente muy estrechamente unidas a la base de la población y en muchos aspectos han sido y son algo más que unas asociaciones religiosas tradicionales, pues se constituyen en signos fidedignos de la religiosidad vivida por las poblaciones de Cádiz y de Andalucía en general.
Afligidos

Carlos José Romero Mensaque




fechas fundacionales de las cofradias gaditanas




Siglo XVI

Siglo XVII

  • EL ECCE-HOMO a mediados del siglo XVII en el Oratorio de la Orden Tercera de la calle San Pedro, pasando a la Iglesia de la Conversión de San Pablo en el siglo XVIII ocupando la imagen del Señor la hornacina central del Altar Mayor, privilegio que se le concede por las ayudas prestadas por la Hermandad en las obras de ampliación de la Iglesia.

Siglo XVIII

Siglo XIX

  • LA BUENA MUERTE. Fue fundada en 1894 en San Agustín, celebrando sus primeras elecciones el 4 de diciembre de 1895. Es la única corporación de penitencia que se funda en Cádiz a lo largo de este siglo tan cargado de incidencias políticas.

Siglo XX

Siglo XXI